Un lugar para el Yaguareté

Autor: Clara Riveros Sosa

Y para el oso hormiguero, el tapir, el tuyuyú coral (la más grande y vistosa de nuestras cigüeñas), el aguará guazú... y tantos más, bellísimos, interesantes y a la vez tan vulnerables, tan reducidos y amenazados como emblemáticos de la identidad chaqueña y sudamericana, al igual que el particular paisaje y la vegetación única que los albergan. Pero también es un lugar imprescindible, en su estado natural, para el sostenimiento de la calidad de vida de toda una región, para refugio de su maravillosa biodiversidad y, en definitiva, para enriquecer la vida de todos nosotros. Estamos hablando del futuro Parque Nacional La Fidelidad.

De entrada, entendamos que no es un área que así “se sacrifica” ni que “estará ociosa”, ni que apenas pueda verse como provechosa únicamente desde el punto de vista turístico. Es al revés: ya hemos sacrificado demasiada naturaleza en aras de utilidades económicas y tangibles pero –a la larga o a la corta- degradantes del ambiente y, por ende, del mañana que nos aguarda. Y un parque o reserva de las características de La Fidelidad, en este caso, genera espontáneamente, sólo por estar allí y conservarse, infinidad de ganancias y en una medida muy superior a los que producen los territorios intervenidos por las acciones humanas, pero lo hacen de maneras a menudo escasamente cuantificables o con efectos benéficos que, prima facie, no se saben vincular con su fuente de origen, aun cuando inciden más que positivamente en todo el espectro de la vida, incluso en las actividades económicas más obviamente rentables.

Las contribuciones que hacen los espacios naturales a la calidad de vida general son fundamentales y de extrema importancia: lo advertimos cuando realizamos un listado que incluye -entre muchas más- a la conservación de los suelos, a la buena calidad del aire y del agua (ríos, espejos, acuíferos), la morigeración del Cambio Climático Global, la conservación de especies de valor intrínseco o merecedores de investigación por sus particulares cualidades o por sus eventuales aptitudes (p. ej. plantas de uso medicinal); la preservación del paisaje que nos es propio y de los modos de vida y usos tradicionales y sustentables de aborígenes, campesinos y pequeñas comunidades más o menos cercanas; el “derrame” de ventajas (que aquí no es ficticio) que esparcen sobre una zona muchísimo más amplia y difícil de mensurar; la creación y el establecimiento de condiciones ambientales absolutamente indispensables para desarrollar las actividades caracterizadas como productivas.

Anotamos todo lo anterior pero aun casi no hemos mencionado la construcción de la identidad regional, tan necesaria como la personal, y que sólo consolidamos en la medida en que tengamos una imagen precisa del lugar en el mundo en que vivimos y la capacidad de reconocerla. Imagen que se borra y hasta se pierde definitivamente sobre la tierra arrasada y carente de puntos de referencia.

Nos reconforta el hecho de que podamos contar –en la provincia, en la región- con un nuevo espacio silvestre, y más aun con la extensión que tiene La Fidelidad, aproximadamente unas 148.000 hectáreas, y con una ubicación única y privilegiada y, además, que se haya tomado la decisión de confiarlo a la Administración de Parques Nacionales (APN) que acredita una larga trayectoria de correcta gestión y custodia de tales áreas. Ahora cabe esperar -es imprescindible- que los trámites legales se concreten como corresponda y puedan concluir cuanto antes, quedando el nuevo parque debidamente afianzado en su calidad de tal. Toda demora resultará más que preocupante, habida cuenta de que La Fidelidad se halla bajo permanente amenaza de saqueos y despojos de toda índole. Los recientes asesinatos vinculados a su posesión dan clara cuenta de la codicia que despierta. Recordamos las quejas que hace más de quince años ya exponía el malogrado señor Roseo respecto del furtivismo y la intrusión que se consumaban en su predio y de las maniobras fraudulentas que intentaban retaceárselo.

Es de desear que las autoridades de Formosa se decidan a tomar una medida idéntica con la parte de La Fidelidad que se extiende sobre esa provincia.

Dispongo del testimonio de uno de mis hijos que fue, años atrás y en dos oportunidades, excursionista por río de un trayecto que comenzaba en Fortín Belgrano (la “puntita” norte del mapa del Chaco). Recuerda que, sin GPS en ese entonces y transportando en las embarcaciones solamente lo más básico, él y sus dos compañeros se daban cuenta de que empezaban a recorrer la zona de La Fidelidad porque se hallaban de pronto ante unas orillas plenas de abundante vegetación y podían avistar animales en una frecuencia y abundancia que los dejaban admirados y que, en esos tiempos, respetuosos acérrimos de la naturaleza, no querían dar a conocer más que a sus íntimos y de mayor confianza para no tentar a los humanos depredadores.

Desfilan en su memoria las imborrables figuras animadas de un río lleno de meandros y de bancos de todo tamaño que a veces los obligaban a desplazarse a pie sobre ellos – pese al riesgo terrible de ser aguijoneados por las rayas- para desatascar la lancha, y a marchar después zigzagueando de costa a costa entre ellos para mantenerse en el canal navegable. Aun hoy se conmueve ante el recuerdo de una bandada de unos doscientos jabirúes (tuyuyú coral) que llegó a contar, o los más de cien chajáes juntos; o del aguará popé que con sus hábiles manitas les robó una linterna del campamento (objeto que luego abandonó); o el alarido nocturno y estremecedor de un aguará guazú (el particular zorro de largas patas oscuras), grito no menos inquietante por saber su origen y la mansedumbre de su emisor; los muchos coatíes que circulaban por las márgenes; las playas y barrancas con juguetones lobitos de río, variadas garzas, carpinteros reales y las tres especies de martín pescador perchando en ramas sobre la corriente; trechos de aguas tan burbujeantes de yacarés (negros y overos) y en tal cantidad, que, de noche y a la luz de un reflector, semejaban una ciudad iluminada vista desde las alturas; muchos carpinchos bastante confiados; hasta las visiones imborrables de un poderoso tapir y de un sinuoso yaguarondí (un felino que no le teme al agua); en las riberas con monte, charatas y urracas; el registro constante del paso de bandadas de patos, cuervillos y loros y de la presencia de aguiluchos como el pampa y el colorado y de carroñeros (jotes, “cuervos” en el habla común, y caranchos) limpiando con eficiencia el ambiente de animales muertos. Por supuesto, menciona los peces que completaron su dieta en esos días, incluyendo un dorado.

Todo un mundo magnífico y completamente ajeno para los habitantes urbanos que podríamos haberlo dejado perder en nuestro desconocimiento, pero también en la ignorancia de todo lo que influye en nuestra calidad de vida aunque nuestras existencias transcurran a cientos de kilómetros de él. Es ocasión también para reflexionar sobre lo expuestas y frágiles que se encuentran estas áreas, por mucha que sea la superficie que cubran, porque serán islas que se irán degradando en mayor o menor tiempo si “el afuera” que las rodea, inmensamente más extenso, les resulta completamente diferente y agresivo y las deja en soledad como a una plantita en maceta en medio de un desierto, y un páramo tóxico para colmo.

Esperamos lo mejor y cuanto antes.

Publicado en la columna de Ambiente de El Diario de la Región, de Resistencia, Chaco, el sábado 20 de agosto de 2011.



22 de Septiembre de 2011

Comentarios



  1. #1   Francisco Lucero dijo: 23.09.2011 - 12:08hs Excelente narración, por demás emocionante, felicitaciones a la autora.

  2. #2   javier dijo: 06.12.2011 - 16:35hs muy buena nota de exelente descripcion,seguramente el nombrador estaria de acuerdo,el que lucho,cuando dirigia el nea por este parque, entrevistas con gobernadores desde el sr. ex gobernador Rozas hasta las actuales autoridades de formosa y chaco.Fueron varios años de gestion,no olvidemos su nombre JUAN CARLOS CHEBEZ



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