Palabras de antaño: Roberto Dabbene

Autor: José Athor

Fue un ornitólogo ítalo-argentino, ya que nació en Turín, Italia, el 17 de enero de 1864, hace hoy 148 años, se doctoró en 1884 en la Universidad de Génova y emigró hacia la Argentina en 1897.

Después de licenciarse en química en la Universidad Nacional de Córdoba, se instaló en Buenos Aires en 1890. Eduardo L. Holmberg, lo contrató como parte del personal del Jardín Zoológico y luego, a propuesta de Carlos Berg, se lo nombró Naturalista Viajero del Museo Nacional de Historia Natural. Esto le permitió enseguida viajar a Misiones y a Tierra del Fuego e Isla de los Estados.

Luego Florentino Ameghino lo nombró conservador de la Sección Zoología General, cargo en el que Dabbene se destacó por su apego a las aves.

Estudió las aves argentinas durante más de 40 años, escribiendo importantes libros sobre ornitología, teniendo como uno de sus principales colaboradores a Miguel Lillo.

Dabbene junto a otros entusiastas fundan en 1916, dentro de las instalaciones del Museo, la Sociedad Ornitológica del Plata, (luego Asociación Ornitológica del Plata y hoy Aves Argentinas) creando además en 1917 la revista “El Hornero” oficiando como su Director durante varios años.
Roberto Dabbene falleció, en Buenos Aires en 1938.

De su viaje a Tierra del Fuego, Dabbene produce tres artículos de importancia; una crónica del viaje, un artículo científico sobre la fauna y una monografía sobre los aborígenes de Tierrra del Fuego.

Con excelente criterio en el 2009, de la mano de Juan Carlos Chebez y Bárbara Gasparri, la Editorial Albatros, edita un libro titulado “Un viaje a la Tierra del Fuego”, reuniendo estos tres artículos.

Del mismo extraemos para recordar a gran ornitólogo y viajero el siguiente párrafo:
“…El cuadro agreste y sombrío de la región oeste de la Tierra del fuego deja siempre honda impresión en el que la visita por primera vez, y justifica los pavorosos nombres de Desolación, Furias, Hambre, Decepción y otros por el estilo, con los cuales los navegantes han bautizado sus islas, bahías y promontorios. Por todos lados surgen de las aguas lóbregas montañas y gigantescos cerros, cuyos flancos desnudos muestran el granito y el basalto que los componen y apenas algunos escasos y raquíticos arbustos levantan la cabeza entre las hendiduras de las rocas, mientras que el tronco crece pegado contra el suelo por acción del viento que sopla en ráfagas violentas.
Mas lejos de la costa y en medio de las olas agitadas y espumantes se hiergen solitarios peñascos negros y enormes, de formas fantásticas, últimos vestigios de montañas desaparecidas. La eterna rompiente ha barrido hasta los residuos arenosos que los pequeños cursos de agua arrastran al mar y ha formado un sinnúmero de bahías, senos y caletas que se encuentran a cada paso. Una bruma espesa envuelve casi siempre el mar y las costas; las nubes velan constantemente el cielo y los chubascos se suceden con frecuencia…”



17 de Enero de 2012

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